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    October 28

    Tomás, relato de Pedro Padilla

     

    Tomás

    Al pozo de los ojos de Elena,

    Por ahogar la soledad

     

     

    No tenía otra intención que la de alcanzar la cocina sin que nadie se percatara. Había terminado mis deberes y de repente, el antojo de alguna chuchería que llevarme a la boca. Podía evitar las prohibiciones de mamá siempre que lograra adelantarme a su sentencia. Y es que lo último por lo que quería pasar era por tener que comerme una pieza de fruta. De ahí que me viera deslizándome por el pasillo hacia la cocina tratando de hacer el menor ruido posible. Pese a ello, no pude más que oír la conversación.

    El televisor apagado indicaba la importancia de lo que hablaban y a su vez facilitaba la escucha de los susurros. Discutían acerca de mí. Mamá de pie le contaba a papá, quien permanecía silencioso. No logré verlo, pero lo imaginaba sentado en su sofá, dibujando garabatos de humo con un cigarro entre los dedos. Acariciaría con seriedad el gris incipiente de su barba, mirando a mamá como si la bruma del tabaco la ocultara. En la última reunión con los profesores, éstos habían alertado a mamá acerca de alguna de mis amistades. Sin saber realmente el qué, noté la sensación a la altura del pecho de que algo estaba mal. No quería seguir oyendo unas palabras que sabía que precisamente pretendían excluirme. Decidí dejar de oír la conversación y volver rápidamente hacia el cobijo de mi habitación.

    De camino, oí el sonido del timbre. Hacía tiempo que papá me había dado permiso para abrir la puerta de la calle. A duras penas, pues casi no alcanzaba, me asomé por la mirilla; una de las condiciones que papá me había impuesto. Detrás de la puerta mi amigo Tomás, el mismo al que sin nombrarlo sabía que se dirigían las acusaciones que los maestros habían hecho a mis padres. Traté de imaginar el motivo. Recordé que seguía consiguiendo buenas notas, me lavaba las manos antes de cada comida y no había desobedecido las órdenes de mis padres más de lo normal. No entendía en qué podía resultar perjudicial para mí.

    Mis papás seguían enfrascados en su conversación, así que deduje que no habían oído el golpe del timbre. No di opción a que volviera a sonar. Abrí atropelladamente la puerta y a toda prisa, Tomás y yo, subimos la escalera hacia mi habitación. Nadie había visto entrar en la casa a Tomás, por lo que podríamos jugar juntos toda la tarde. Mientras tanto, mis papás creerían que seguiría atareado con mis quehaceres del colegio.

     

    Sólo con mirar sus pequeños ojos, sabía cuánto le gustaba a Tomás jugar en mi habitación. Los armarios, me había dicho, contenían todos los juguetes que le hubiese gustado tener. Llevábamos un buen rato jugando con los cromos de futbolistas, cuando mamá me llamó para merendar. Le pedí a Tomás que esperara un momento. Bajé los escalones de dos en dos y casi sin respirar, me tomé el vaso de leche; del plato de las galletas sólo me comí una. El resto las guardé en uno de mis bolsillos. Cuando volví a mi habitación, Tomás se entretenía con uno de mis juguetes favoritos, el barco pirata. Generalmente no dejaba que ningún niño lo cogiera. El único capitán que podía comandarlo era yo. Pero en esta ocasión dejé que Tomás se hiciera con sus riendas. De mi bolsillo saqué las galletas, muchas a trocitos. Olían a plastilina. Se las ofrecí a Tomás que dejó de jugar con el barco pirata y sin decir palabra se quedó mirándome fijamente.

    No le hacía falta nada más. Sabía que algo me ocurría. Desde aquel momento, siempre he pensado que lo que diferencia a los buenos amigos del resto, es que no les hacen falta que les cuentes algo para que lo sepan. Por mucho que lo intenté, me fue imposible resistir el ceño fruncido con el que Tomás respondió a mi silencio. No tuve más remedio que hacerle partícipe de todo lo que había oído cuando en busca de alguna chuche iba de camino a la cocina.

     

    Apenas terminé de contar lo que había oído, Tomás no se lo pensó e  hizo ademán de marcharse. Tuve que agarrarlo por la manga del jersey para evitarlo. ¿de qué argumentos podía valerme para que se quedara? Noté que con una nueva mirada, dirigía sus ojos a las pilas de juguetes que atestaban los armarios. Percibía mi habitación como un extraño. Pese a que era lo último que deseaba, comprendí que lo mejor era que Tomás se marchase. Al menos, le pedí que termináramos de jugar aquella tarde. Nadie sabía de su presencia en mi habitación y aún los labios de los adultos no habían dejado escapar ninguna prohibición. Con las lágrimas bailando en sus pequeños ojos guardó silencio. Lo que interpreté como que accedía a mis ruegos. No importaba lo que se interpusiera entre nosotros, tendríamos los recreos para mantener nuestra amistad. Supongo que fue la manera de prometernos amistad eterna. Aunque callé, cuando pensé que los mismos maestros que habían alertado a mamá, podrían convertirse en sus ojos. Si mi amigo vislumbró en mi mirada esa duda, también la guardo para sí mismo.

    Quizá porque sería la última tarde que pasaríamos entre aquellas cuatro paredes que habían forjado nuestra amistad, nos divertimos como pocos días. Incluso, alguna vez me pareció escuchar a mamá interesarse por nuestra risa. Sólo su llamada cuando la cena estaba lista, nos devolvió bruscamente a la realidad. No recuerdo con la excusa que entretuve a mis papás en el salón, pero mientras tanto, Tomás se marchaba, sin que nadie llegara a saber que aquella tarde la habíamos pasado juntos. Antes de lavarme las manos para cenar cerré la puerta que Tomás había dejado abierta.

                Después de cenar, me cepillé los dientes y mamá me llevó a la cama. Aquella noche tampoco podría papá contarme uno de sus cuentos. Mamá me arropó hasta cubrirme la boca con las mantas y se interesó por mis deberes de aquel día. Hablamos un rato, tras el cual se levantó, me besó en la frente como todas las noches y apuntó con su cuerpo hacia la puerta de mi habitación.

                - Mamá.- La llamé cuando ya había iniciado la marcha. Me era imposible dejar de pensar en Tomás.

                - Si, hijo.- Giró su cuerpo para dirigirse a mí

                Por mucho que lo deseaba, no podía desvelar a mis padres el secreto del que ellos habían hablado en mi ausencia.

                - Buenas noches, mamá.

                - Que descanses, campeón.

                Con su mano acarició mi frente, lo poco que la manta dejaba descubierto. Su mano parecía haberse despojado de la suavidad con la que la recordaba. Aquella noche me pilló distraído el sueño mientras trataba de desvelar el misterio que el eco de la palabra Tomás acababa de adoptar.

     

                En clase Tomás se mantuvo más ensimismado que de costumbre. Parecía no llegar a verme cuando la profesora se daba la vuelta para escribir en la pizarra y con mi sonrisa intentaba hacer de sonajero a su alegría. Sonó la campana del recreo y la algarabía de niños que buscaba su bocadillo en el recreo hizo que perdiera la pista de mi amigo. Durante un rato traté de encontrarlo. Sin embargo, pronto perdí las ganas de dar con él y, sin sentimiento alguno de culpa, acabé jugando al fútbol con compañeros de clase. Me sentía enfadado. No entendía su actitud melancólica en clase, ni que hubiese hecho por perderse durante el recreo. Por ello, tomé la decisión de no preguntar al resto de los compañeros si sabían algo de Tomás.

    Acabado el rato del recreo, volvimos a clase. Allí estaba Tomás, aunque en todo momento ambos evitamos que nuestras miradas se cruzaran. Por suerte, no tardó en volver a sonar la campana, en esta ocasión para indicar que las clases llegaban a término. No nos pilló por sorpresa. Minutos antes, todos los alumnos esperábamos con los bártulos recogidos, los cuadernos en las maletas y el chaquetón entre la mesa y los muslos. Estaba en juego nada menos que llegar el primero a la meta que eran las madres, las tatas o los abuelos que esperaban tras la verja del colegio para llevarnos a casa. Como un día más, se repetía el ritual en el momento en el que sonaba la campana. El trajín de las sillas que se arrastraban, los gritos de los niños que ahogaban la voz de la misma maestra; quien hacía tiempo se había abandonado en su lucha por que la dejáramos terminar antes de emprender la huida de clase.

     

    Preocupado por ser el primero en llegar, no giré la cabeza atrás hasta que llegué a donde mamá me esperaba. Sólo cuando me dio un beso casi sin prestarme atención y me di cuenta de que con una mirada extraña buscaba a alguien entre la marabunta que emanaba de las puerta del colegio, no reconocí el sentimiento de culpa que me inundaba. Había hecho la carrera sin contar con mi amigo Tomás. Desde que recordaba, cada día habíamos repetido la carrera sólo para batirnos el uno al otro. Mientras mamá, quien parecía no haber encontrado lo que buscaba, me llevaba de la mano hacia casa, traté de encontrar entre el gentío a Tomás.

    Una vez terminé de comer, hice mis deberes y empecé a jugar solo en mi habitación, sintiéndome despojado de algo. Incluso cuando mamá subió con un vaso de leche y unas galletas, algo extraño notó en mí. Con cariño, se ofreció a hacer la merienda a algún amigo que quisiera invitar esa tarde. Pensé en Tomás, pero recordé que ambos habíamos convenido que lo mejor era que no volviese a invadir el universo de mi habitación. Tuve por tanto que responder con tristeza que no quería invitar a nadie.

     

     

     

    Al día siguiente, acudí al colegio con la firme intención de hacer las paces con Tomás. Desconocía lo que le había ocurrido, pero sobre todo necesitaba de su compañía. El tiempo se detuvo en el instante en que la profesora inició la clase a los alumnos que ocupaban su banca. Tomás aún no había aparecido. No me hacía falta más. Sabía que no volvería a verlo durante aquel día, ni en los que vendrían. Poco a poco comencé a notar una apatía que protocolariamente fue alertada a mamá por los maestros. Preocupada me llevó al médico, quien no supo diagnosticar lo que me ocurría. Sin que conociese la razón, en mí surgió una actitud rebelde que ni yo mismo podía controlar. Crucé reproches con mis padres. La noche me alcanzó llorando en mi habitación con la luz apagada.

                Pocos días después de desaparecer Tomás, me encontré, casi sin darme cuenta, con las vacaciones de Semana Santa. A pesar de la situación en la que me encontraba, había logrado unas notas excelentes. Por ello, papá no dudó en comprarme todo lo que le pedí, aunque poco tuviesen que ver con lo que realmente quería. De vacaciones nos marchamos a un hotel bonito alejado del mundanal ruido. Eso dijo papá. Para mí no fue más que la constatación de la soledad de la que me sentía preso.

                Porque al hotel marchamos los tres solos. Papá y mamá se convertían en desconocidos cuando se encontraban ajenos a la rutina del trabajo y las obligaciones, de las facturas, de la casa, del colegio. Ahora que podían hablar con cierta tranquilidad parecían quedarse sin temas a los recurrir. Mamá pasaba el tiempo silenciosa en el borde de la piscina a la caza de algún rayo de sol. A veces escuchaba su llanto entre los ecos de las paredes frías del cuarto de baño. Igualmente, papá andaba atrapado entre las hojas del periódico, colgado del teléfono móvil o de su ordenador portátil, impermeable a cuanto hacía para reclamar su atención. Pese a que mataba las horas de exploración por los rincones del hotel, sólo conseguí acercarme a niños más pequeños entre los que me sentía ajeno. En cambio, otros más mayores huían de mi presencia. Por ello, recurría más de lo habitual al ensimismamiento del que no descansaba ni siquiera mientras dormía. Por aquella época caía constantemente en el pozo de sueños en los que Tomás hacía acto de presencia. Sólo sabía que despertaba porque tras ellos resultaba solo en la cama, cubierto de sudor y con la sensación de que había estado de una forma más fidedigna que la real junto a mi mejor amigo. Porque en los sueños se repetía constantemente la sensación de realidad que fuera de ellos nunca he llegado a plantearme, al darla por hecha. Hubo momentos en los que dudé si hablarle a mamá de Tomás, de la necesidad que tenía de él. Nunca encontraba el momento oportuno de vencer el miedo que me producía el secreto que conocía.

               

                Sabía lo que a su vez conllevaba. Aún así, esperaba con ansiedad el regreso de las clases. Una parte de mí me arrastraba incontrolablemente al reflejo de Tomás. Quería pensar que había estado unos días enfermo y que durante las vacaciones ya se habría recuperado. No obstante, una voz interior nunca se aburría de repetir que mis deseos no se verían cumplidos. Así fue. El inicio de las clases regresó contagiado por el vacío de los días con los que terminaron. Mamá, que no se acostumbraba al nuevo carácter al que me veía abocado, no cejaba en su interés acerca de mí; aunque en esta ocasión evitó el contraataque de mi rebeldía. Conforme transcurría el tiempo se me volvía más complicado deshacerme de las redes que me arrastraban hacia mi propio interior.

                El tiempo posterior a aquellos días lo recuerdo como una conglomeración de días idénticos los unos a los otros. Sin que me diera cuenta, poco a poco la ausencia de Tomás fue haciéndose más y más presente. Aunque materialmente no compartiese con él mi tiempo, pensaba que seguía junto a mí. Incluso, recuerdo haber guardado galletas en mis bolsillos, imaginarme el trazo de su sonrisa con la que habría correspondido a mis buenas notas, o contar con él para los nuevos juegos con los que papá regresaba de sus cada vez más frecuentes viajes. Aunque no estaba cerca, Tomás continuaba siendo partícipe de mi vida.

     

                Sin nada mejor que hacer, me entretenía con mis deberes del cole. De repente, me asaltaron unos golpes que llamaban a la puerta. Mi pecho se desarboló y en los pocos segundos en que tardó en abrirse la puerta, mi imaginación dibujó el final feliz tal como habría deseado. Sin embargo, era mamá quien venía a buscarme a mi habitación. Ella y papá querían conversar conmigo. Bajé inmediatamente. Ambos esperaban sentados en el salón. La tele apagada. Papá envolvía el ambiente con lazos de humo, como en las ocasiones importantes. Fue mamá la que rompió el silencio y la única que llegó a hablar. Dio amplios rodeos, mientras tanto, papá y yo asentíamos en silencio, como si ninguno de los dos estuviese en ese momento en el salón de casa. Todo esa parafernalia sirvió para se me abrieran las puertas de casa y, pese a un toque de queda, permitirme salir a la calle a jugar con mis amigos. Aunque pronto aprendí a aprovechar esa reciente libertad con todas mis energías, en ese momento no supe mostrar entusiasmo alguno.

                Sin embargo, no tardarían en cambiar la dinámica de mis días. Tan pronto como terminaba de comer iba corriendo a mi habitación. Cuanto antes terminara los deberes, antes podría reunirme con mis nuevos amigos en la calle. Algunas veces, incluso los dejaba a medio terminar. Todo por ese mundo a estrenar que se desplegaba ante mí y que sabía saborear al mantenerme lo suficientemente ajeno a él.

     

                Había quedado con mis amigos y ya iba a llegar tarde. Unas ecuaciones irresolubles tenían la culpa. Mientras desmadejaba operaciones aritméticas unos ruidos me distrajeron. Aún era pronto para que mamá subiera la merienda. Quise continuar con las mates, pero el ruido se volvió a repetir. Cuando miré tras la puerta, encontré a un Tomás con la mirada dubitativa. No hubo preguntas, ni reproches, ni justificaciones. La situación no había sufrido ninguna modificación. Ajenos, reactivamos en secreto nuestra amistad con juegos infinitos en mi habitación.

                Sentí entonces el renacer de la mejor etapa de nuestras vidas. Tomás había dejado de acudir al colegio, pero un par de veces por semana me visitaba en mi habitación, sin que nadie nunca llegara a enterarse. Aquella fue la primera de una larga lista de decisiones propias que no siempre concordaban con lo que mis padres querían para mí y que no tardaron en convertir, las pocas cenas que hacíamos los tres juntos, en una batalla de recriminaciones en las que matábamos para no morir.

                Aunque disfrutaba de los ratos con Tomás me sentía liberado de su necesidad. Nunca guardé un segundo de espera. Terminados los deberes corría en busca de mis amigos sin que su ausencia me arrastrara en su espera. Los sabía en uno de los bancos, junto al multicine, citándonos con chicas y repitiendo, sin saber por qué, los patrones de chicos mayores que nosotros. Nunca les hablé de Tomás, como a mi mejor amigo le guardaba silencio de todo lo concerniente a mis nuevos amigos.

     

                La mañana de un día cualquiera desperté un poco antes de lo habitual. La ventana dejaba filtrar el amanecer como un puzzle inconcluso. Siguiendo una estela invisible llegué ante el espejo del cuarto de baño. Encendí las luces y al enfrentarme ante mi imagen, me encontré no como un niño, sino como uno de los mayores a los que desde hacía un tiempo imitaba mecánicamente. Después de aquella mañana, aunque nunca lo olvidé, Tomás, mi amigo invisible, jamás volvió a aparecer.

     

     

    Marzo de 2009

     

    Pedro Padilla, con Tomás, ha sido el primer finalista del X concurso de relatos Gloria Fuertes.

     

    Publicado por el Ayuntamiento de La Rinconada. 2.009

     

     Felicidades de nuevo, poeta ;)

     

    También en BabiaS dos relatos más suyos:

     …Días, horas, minutos, segundos… http://desdebabia01.spaces.live.com/blog/cns!7CD277FD1E22DE2D!253.entry

    El daguerrotipo de las hermanas Gutiérrez Vidal

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    y el poema Calma – desde Palabras que mojan-

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    Comments (1)

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    Nairam Casirwrote:
    Buen relato, la verdad, y eso que no leo mucha narrativa...
    Nov. 1

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