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December 13 …Días, horas, minutos, segundos… Relato corto de Pedro José Franco Padilla
…Días, horas, minutos, segundos… Relato corto de Pedro José Franco Padilla premiado y publicado por el ayuntamiento de Coria del Río, la diputación de Sevilla y la casa de la juventud de Coria del Río. 2.008 Gracias por volver a BabiaS, Juan Pedro, estas nubes son tus nubes ;) Un encuentro en el largo y gris 1.944 y sus miserias, con César Sánchez y el cuadernillo sin tapas de su vida: Un gueto, tres amigos, un armario y un pasaporte español o la muerte buscada para huir de los nazis. ... O cuando los relojes se oxidan y los minutos ahogan. El texto del relato completo
…DÍAS, HORAS, MINUTOS, SEGUNDOS…
viviré como uno más entre los girasoles ciegos
Alberto Méndez
Allá por mil novecientos cuarenta y cuatro, por mucho que escudriñáramos, lo único que encontrábamos en nuestros bolsillos era tiempo. Sin posibilidad de trabajar, de emigrar; sin guerra. Llegamos a disponer de tanto tiempo que no sabíamos qué hacer con él. Esperar la muerte por inanición suponía que el tiempo se prolongara hasta la más insoportable crueldad. Muchos tomaron la determinación de derrochar su tiempo en los cafés. Mientras se respetara el tabú de la política –los camisas azules tenían sus propios antros-, y a pesar de que no consumieran, se permitía la presencia de todo tipo de parásitos. Aunque en ocasiones, nos dejáramos ver por los cafés, nosotros solíamos encontrarnos en los bares. Si bien es cierto, que estaban atestados de la peor escoria posible, ebrios a base de engullir los restos de vasos ajenos, estos antros constituían el núcleo del mercado de trabajo negro. Cuando hacía falta mano de obra para cualquier trabajo sucio, era allí donde se desencadenaban los resortes para que el infinito tiempo que no sobraba se acortara por un breve periodo o… para siempre. Fui allí donde conocimos a don César Sánchez.
Derrotados, independientemente del bando que hubiésemos tomado en la contienda civil, la guerra había hecho mella en nuestras vidas; hasta tal magnitud, que, como si de un partido de balompié se tratase, las noches las dejábamos agonizar comentando las filtradas noticias que recibíamos acerca de la Guerra Mundial. Hubiese sido una velada rutinaria, de gritos vacíos de pasión, amenazas e incluso alguna trifulca, de no ser porque, de repente, un parroquiano comenzó a implorarme para que le dejara apurar los últimos restos de mi copa de coñac. No era la primera vez que algo así sucedía. Pero la lastimosa forma con la que suplicaba, la hipnótica mirada que clavaba en las últimas gotas de licor, presas en el interior de un vaso desgarrado y sucio; me hicieron dudar antes de soltar el brazo para deshacerme del sucio borracho. No apuraría lo que me quedaba en la copa. Ya no. Y aunque sabía que para aquellas migajas que iba dejando por el camino de mi vida, siempre habría un infeliz para hacerlas desaparecer, me producía arcadas el ser testigo presencial de tal grado de miseria. Quizá fue por la recóndita piedad, que a veces brota hasta de la tierra más abrupta, pero titubeé y le solicité algo a cambio de ese endeble hálito de vida que contenía la triste copa. Sería la manera de deshacerme del hedor a alcohol del miserable, sin tener que romperle los dientes. Sorprendentemente aceptó el trato y me ofreció a cambio un secreto que celosamente, me confesó, que poseía.
Reconozco que uno de mis defectos ha sido siempre el de esperar encontrar algo donde en apariencia no parece encontrarse nada. Aparté la vista, mientras el coñac corría por su garganta y su pálida lengua se estremecía por las paredes de la copa, nerviosa como un gusano asfixiándose. El cuello del borracho dejaba a la vista las roñas que la miseria perfila en los pliegues del cuerpo. Con elegancia, extrajo de su bolsillo un cuadernillo sin tapas, con las hojas desarboladas y comenzó a leer ensimismado, mientras escudriñaba en los rincones más olvidados de su memoria. Súbito, fijó en mí unos ojos lúcidos, casi sabios, donde no parecía encontrarse resto alguno de alcoholismo.
Mi nombre es César Sánchez. Encarcelado tras la batalla de Madrid, fui condenado en juicio sumarísimo a muerte. Mi delito; vivir en Madrid durante el asedio de las tropas nacionales. He de confesarte que en la cárcel siempre es otoño. Las horas caen infinitamente lentas. Como hojas secas que pugnan por convertirse en hojarasca. Y el color de sus paredes se asemeja al tono de esta vida, crudo, insufriblemente crudo. Sobre todo, amigo, cuando se espera la muerte como se espera a un deudor impecable. Al alba, me despertaron con la dulce brusquedad de un soldado. De inmediato tenía que presentarme en la sala donde me juzgaron. Creí que mi otoño pasaría a convertirse en la nada. Me vi solo, frente al rictus marmóreo que sólo puede dibujar un alto mando. Un alto mando, entre los gritos rutinarios, me interrogó de nuevo. Sólo al final quiso conocer, de primera mano, mi conocimiento del alemán y si, por tanto, quería seguir viviendo. No me dejaron responder. Me sacaron atropelladamente de la sala. Pusieron frente a mí algo, poco, de comer y cuando me recuperé del shock, estaba ejerciendo de intérprete para alemanes, austriacos, húngaros, holandeses,… Todos judíos. Desconozco la razón, pero el gobierno del caudillo estaba emitiendo pasaportes españoles a aquellos judíos que probaran su descendencia sefardí o a, al menos, la aparentaran. Me parece un poco tarde enmendar ahora la sinrazón de mil cuatrocientos noventa y dos. Entraban por la frontera francesa y los escoltábamos hasta Lisboa o hacia algún puerto de Andalucía. Allí embarcaban generalmente con destino Sudamérica. Hace unos meses, con el fallecimiento de don Francisco Gómez-Jordana, Ministro de Asuntos Exteriores del Régimen, la operación se truncó. Como prometieron, me perdonaron la vida. Supongo, que como las prisiones seguían repletas y, quizá, pensando que sería menos peligroso en la calle que en el ambiente subversivo de la cárcel, me dejaron libre.
Una vez has escuchado la parte importante de mi vida, te haré partícipe de mi secreto. Te leeré parte de esta memoria –oprimiendo el compendio de hojas arrugadas- regalo de uno de tantos judíos a los que ayudamos a cruzar la península para poder seguir así viviendo.
[…] De pequeño la muerte me aterraba. Su efímera presencia hacía recorrer en mí una profunda [desconozco la palabra correspondiente en el castellano]. Sabía que irremediablemente acabaría arrastrando a cada uno de los miembros de mi familia. Que todo aquello que me rodeaba se dispersaría con el eterno peregrinaje del tiempo. Pero, que yo, eso que soy o creo ser; llegara a desaparecer, era algo que nunca llegué a asimilar. Quizá no sea capaz de explicarlo con palabras, como somos incapaces de explicar aquello que sentimos en lo más recóndito de nosotros mismos.
[…]Con la atropellada llegada de los soldados alemanes, todo cambió. De la noche a la mañana construyeron una ciudad paralela en el interior de la propia Heerenveen. Allí, reunieron como a un rebaño de ovejas a los judíos, lo fuesen o lo pareciesen, de todos los alrededores. Sólo podíamos llevar con nosotros una maleta, una sola maleta. Los objetos de valor que descubrían eran inmediatamente requisados, la mayoría de ellos parte de nuestra genealogía. Vivíamos hacinados, con la única ocupación a lo largo de los días de sobrevivir. Y para ello, pasábamos horas y horas en las colas de racionamiento de alimentos, para posteriormente acudir en tropel a las subastas de productos de estraperlo. Fue entonces cuando la vida pasó a convertirse en una sucesión de días, horas, minutos, segundos. El venidero tan vacuo de ilusión como el pasado. En los que cada vida no era más que un escollo para sí y para los demás. En los aceras aparecían cadáveres por doquier. El robo, el frío, el hambre, las represalias nazis, el suicidio. La muerte pasó a convertirse en una solución, [esta parte no es legible] un alivio para la inquietud general.
Si por aquel entonces no materialicé la idea del suicidio fue porque no hallé en mí el valor suficiente. Quizá Jacob y Zara también contribuyeran. Vagábamos juntos por las calles en busca de algo que llevarnos a la boca. El método del que nos valíamos para ello pertenece indudablemente al olvido. La culpa es un sabor amargo que sólo alcanza al paladar del sosegado. Algo que queda demasiado ajeno para los que son presa de la desesperación. Entre toda la miseria que nos anegaba, encontré la dosis de belleza necesaria para no perder del todo el juicio en la sonrisa intermitente de Zara. Jacob y yo, compañeros por la situación, rivalizábamos por su sonrisa. Se desplegaba y los segundos que nos martilleaban el alma parecían quedarse en suspenso. Nuestra relación era, sin lugar a dudas, simbiótica. Jacob y yo poníamos en conjunción nuestras fuerzas con el fin de obtener alimento para los tres, donde sólo parecía existir desolación. Y Zara se encargaba dar calor al frío de nuestras almas de forma indistinta, aún cuando la suya no era más que un témpano preso en mitad del más crudo invierno.
Casi sin percibirlo, un rumor se adueñó del gueto como una plaga apocalíptica. Cuando llegamos a acostumbrarnos a la caótica situación en la que malvivíamos, llegaron noticias de que en otras ciudades partían de las estaciones, vagones-establos, repletos de habitantes del gueto. Lanzaban al aire algunos que su destino era el de campos de concentración repartidos en diferentes puntos de Polonia y Alemania. Incluso hay quien llegaba a afirmar que trataban de limpiar los guetos. No quisimos dar veracidad a un rumor, como tampoco creímos aquello que contaban de que los nazis habían creado la industria de la muerte. Tanto tiempo nos sobraba que no era de extrañar que la gente llegara a inventar historias tan necesitadas de imaginación. A pesar de ello, un miedo nuevo, diferente se instauró de alambradas hacia dentro, recrudeciendo el hedor al que nos habíamos habituado. Incluso nosotros, que durante los primeros estertores del rumor habíamos mantenido nuestra rutina, comenzamos a planear, en caso de que éste fuese veraz, la manera de evitar el traslado a un campo de concentración.
La primera solución sería la de ocultarnos. Supimos que en el gueto desesperadamente se vaciaban pianos, armarios, cocinas,… Cualquier lugar en el que pudiese ocultarse una persona era habilitado con alguna cantidad de víveres, con la mísera ropa con la que engañábamos al frío. A causa de inercia, nosotros también comenzamos a trabajar en un armario que ocupaba casi una pared. Con mampostería simulé que el armario se extendía de forma que no dejara hueco alguno entre la pared y el armario. En esos huecos ocultos, comenzamos a almacenar los alimentos que la intensificada búsqueda de los últimos días había producido. Con paneles, recortamos la capacidad del armario, de modo que permitían en su profundidad diversos compartimentos que utilizábamos como escondrijos. Por último, instalamos cierres interiores, de modo que aunque la parte donde nos ocultábamos estaba cerrada, el armario abierto mostraba la ropa deshilachada que guardábamos generalmente allí.
Sobornando a un guardia alemán, Jacob consiguió un, por entonces inapreciable, pasaporte español. A pesar de la orden general de requisición, cualquier hueco del cuerpo, por recóndito que en principio pareciese, nos servía para mantener entre nosotros los objetos de valor. Y bien, una vida, sobre todo la propia, justificaba la salida de la familia de tan preciados objetos. Jacob aprovechó para obtener el pasaporte que su linaje descendía de algún judío hispano, expulsado por los Reyes Católicos, algo que desconocíamos, aún cuando chapurreaba un castellano molestamente rústico. Decidimos, en el caso de que pudiésemos huir, acudir a la embajada española en La Haya, y con el pasaporte de Jacob solicitar asilo para los tres. Eran tiempos de confusión generalizada y, el propio soldado alemán al que sobornamos, nos refirió la paradójica posibilidad de huir, con dicho pasaporte, fuera de Europa a través de España, un país que pese a permanecer neutral en la Guerra Mundial, todos sabíamos que oscilaba peligrosamente hacía la vertiente ideológica del Eje.
[…]Sin darnos cuenta, un frío implacable serenó la lluvia que había limpiado el ambiente denso del gueto y los rumores quedaron en suspenso. En calma nos mantuvimos unos días, hasta que una noche, cuando dormíamos como crías, absorbiendo cada uno el calor de los otros, el rugir de unos motores nos despertó de repente. Eran camiones repletos de soldados nazis. Como si un oráculo hubiésemos consultado, todos conocíamos de antemano el motivo por el que venían. Nos precipitamos atropelladamente a nuestro escondite dentro del armario. Mis manos comenzaron a temblar descontroladamente mientras intentaba cerrar una de las puertas del armario desde su cierre interior. Lo único que conseguía era dar pequeños portazos, con lo que mi nerviosismo acrecentaba con cada segundo que transcurría, con cada golpe de cerrojo; así como el de Jacob y Zara, tanto por mí como por ellos, cada uno ya en su escondrijo oculto. Una fuerza inesperada me empujó bruscamente hacia el interior del armario. Era Jacob, que pegó su cuerpo al mío y logró atrancar el cerrojo. Con lo que, por fin, mientras nosotros nos encontrábamos ocultos, de cara al exterior nuestro armario parecía semiabierto por la falsa profundidad que habíamos creado. La algazara del desalojo fue calmándose con la partida de los camiones. Con ellos, a su vez, se apagaron los llantos, los gritos, las órdenes en alemán, los perros, las metrallas. Fue entonces cuando oí por vez primera el silencio, su insoportable e inquisidor zumbido. Sólo a veces, éste se quebraba por carreras furtivas. Pero en general, el desalojo del gueto, quizá por su previsibilidad, estuvo ajeno a cualquier dramatismo exacerbado. Desconocíamos lo que afuera había quedado. Sólo nos aterraba la posibilidad de que los edificios fuesen demolidos. Pero, sin lugar a dudas, era un riesgo que teníamos afrontar.
Cuando pasaron segundos como agujas, comenzaron a rugir las tripas de Zara. El quebranto de la hojalata de su estómago, mientras se deshacía en el tiempo infinito, parecía el sonido de las alarmas antiaéreas. No tuvo Zara otro remedio que llevarse a la boca algo de los víveres que con tesón habíamos almacenado. El instante que duró el proceso en el que Zara desenvolvía, masticaba y tragaba parecía que nunca iba a finalizar. Mi pecho retumbaba de forma descontrolada y me imaginaba el rostro pálido, enlutado de Jacob cubierto por las tinieblas junto al mío.
No había terminado de comer Zara, cuando de nuevo oímos gritos, que fueron refrendados con disparos. Parecía ser que diversos comandos seguían en el gueto comprobando que nadie hubiese quedado oculto. A veces escuchábamos ráfagas de metralla, otras gritos de los soldados alemanes que acompañaban los ladridos de los perros. Cada vez más, la algarabía de los soldados se aproximaba más y más al piso en el que se encontraba el armario donde nos ocultábamos. Su vocerío desbordado penetró en nuestra habitación, varios perros arañaban con sus garras la puerta del armario, los soldados hablaron entre ellos, golpearon las puertas del armario y puesto que a pesar de la inquietud de los perros, no daban con nuestro escondite, soltaron una ráfaga de metralla a discreción en dirección al armario.
Unos segundos después de que se hubiesen marchado los soldados supe que seguía con vida porque el dolor inundaba mis párpados a causa de apretarlos. Palpé lentamente mi cuerpo y creí desfallecer cuando sentí la humedad corriendo por mis piernas. Sólo, cuando acerté a comprender que el miedo se deslizaba gota a gota por mis muslos rechacé la idea de que pudiera tratarse de ser sangre. Una palmada de Jacob en la nuca me hizo entender que él seguía también con vida. Y sólo cuando Zara respondió al leve toque de nudillos sobre la pared que nos dividía, el alivio llegó a mis pecho..
Los alaridos de los comandos nazis parecían aterrorizar otro módulo en referencia a la lejanía con la que se oían. Lentamente abrimos el pestillo y la escasa luz que irrumpía intermitente de una bombilla del piso, nos deslumbró. Nuestros ojos tardaron minutos en acostumbrarse a esa precaria claridad. Nos sorprendió que Zara no se hubiese reunido con nosotros fuera del escondite. Debajo de su puerta un charco de sangre se nos mostraba como fotogramas a causa de la indecisión de la luz intermitente. Intentamos forzar la puerta sin éxito, hasta que ésta se abrió desde el interior. Una débil Zara aparecía con las manos apretándose una creciente mancha purpúrea sobre el muslo derecho, del cual brotaba una sangre densa y oscura. Jacob fue el primero en reaccionar. Intentó realizarle un torniquete y me ordenó, fuera de sí, que buscara por las proximidades algo de alcohol, cualquiera que fuese, para evitar que la herida llegara a infectase. Ebrio de terror, tiré muebles, cajones,... Todo aquello que se colocaba delante de mí, impidiéndome mi cometido, sin ser consciente del ruido que podría hacer. Lo único que hallé fueron las últimas gotas de aguardiente en una botella de verdoso verde. Tropezando con los cajones que yo mismo había precipitado por el suelo, logré llegar a la habitación donde se encontraba nuestro escondite. Pero no se encontraban allí.. Sólo hallé el pasaporte español con el que pensábamos huir del país. Jacob lo guardaba celosamente. Pensé, por lo tanto, que resultaba imposible que se le hubiese extraviado. El reguero de sangre que había brotado de la habitación llegaba al lugar donde Jacob había traído a Zara para hacerle el torniquete. Sólo veía pisadas en el charco de sangre. La puerta donde se había ocultado Zara permanecía cerrada necesariamente desde su interior. La golpeé con todas mis fuerzas, maldije a Jacob sin éxito y lloré, lloré todo aquello que había sufrido desde que comenzara la ocupación nazi. Si hubiese tenido un arma a mano hubiese disparado sobre la puerta donde tenía que encontrarse Zara, apagándose paulatinamente junto a Jacob. Y luego me hubiese volado, sin duda, la tapa de los sesos. Desgraciadamente no encontré nada con qué matar a Jacob. Cogí el pasaporte con el que el propio Jacob me procuraba la vida, arrebatándome la vida. Cerré los ojos, apreté los dientes y comencé mi huida del gueto, para así materializar el plan de huida que un día imaginamos para los tres. […]
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