| Inma's profileY más Desde BABiA. Poesí...PhotosBlogLists | Help |
|
|
October 28 Tomás, relato de Pedro Padilla
TomásAl pozo de los ojos de Elena, Por ahogar la soledad
No tenía otra intención que la de alcanzar la cocina sin que nadie se percatara. Había terminado mis deberes y de repente, el antojo de alguna chuchería que llevarme a la boca. Podía evitar las prohibiciones de mamá siempre que lograra adelantarme a su sentencia. Y es que lo último por lo que quería pasar era por tener que comerme una pieza de fruta. De ahí que me viera deslizándome por el pasillo hacia la cocina tratando de hacer el menor ruido posible. Pese a ello, no pude más que oír la conversación. El televisor apagado indicaba la importancia de lo que hablaban y a su vez facilitaba la escucha de los susurros. Discutían acerca de mí. Mamá de pie le contaba a papá, quien permanecía silencioso. No logré verlo, pero lo imaginaba sentado en su sofá, dibujando garabatos de humo con un cigarro entre los dedos. Acariciaría con seriedad el gris incipiente de su barba, mirando a mamá como si la bruma del tabaco la ocultara. En la última reunión con los profesores, éstos habían alertado a mamá acerca de alguna de mis amistades. Sin saber realmente el qué, noté la sensación a la altura del pecho de que algo estaba mal. No quería seguir oyendo unas palabras que sabía que precisamente pretendían excluirme. Decidí dejar de oír la conversación y volver rápidamente hacia el cobijo de mi habitación. De camino, oí el sonido del timbre. Hacía tiempo que papá me había dado permiso para abrir la puerta de la calle. A duras penas, pues casi no alcanzaba, me asomé por la mirilla; una de las condiciones que papá me había impuesto. Detrás de la puerta mi amigo Tomás, el mismo al que sin nombrarlo sabía que se dirigían las acusaciones que los maestros habían hecho a mis padres. Traté de imaginar el motivo. Recordé que seguía consiguiendo buenas notas, me lavaba las manos antes de cada comida y no había desobedecido las órdenes de mis padres más de lo normal. No entendía en qué podía resultar perjudicial para mí. Mis papás seguían enfrascados en su conversación, así que deduje que no habían oído el golpe del timbre. No di opción a que volviera a sonar. Abrí atropelladamente la puerta y a toda prisa, Tomás y yo, subimos la escalera hacia mi habitación. Nadie había visto entrar en la casa a Tomás, por lo que podríamos jugar juntos toda la tarde. Mientras tanto, mis papás creerían que seguiría atareado con mis quehaceres del colegio.
Sólo con mirar sus pequeños ojos, sabía cuánto le gustaba a Tomás jugar en mi habitación. Los armarios, me había dicho, contenían todos los juguetes que le hubiese gustado tener. Llevábamos un buen rato jugando con los cromos de futbolistas, cuando mamá me llamó para merendar. Le pedí a Tomás que esperara un momento. Bajé los escalones de dos en dos y casi sin respirar, me tomé el vaso de leche; del plato de las galletas sólo me comí una. El resto las guardé en uno de mis bolsillos. Cuando volví a mi habitación, Tomás se entretenía con uno de mis juguetes favoritos, el barco pirata. Generalmente no dejaba que ningún niño lo cogiera. El único capitán que podía comandarlo era yo. Pero en esta ocasión dejé que Tomás se hiciera con sus riendas. De mi bolsillo saqué las galletas, muchas a trocitos. Olían a plastilina. Se las ofrecí a Tomás que dejó de jugar con el barco pirata y sin decir palabra se quedó mirándome fijamente. No le hacía falta nada más. Sabía que algo me ocurría. Desde aquel momento, siempre he pensado que lo que diferencia a los buenos amigos del resto, es que no les hacen falta que les cuentes algo para que lo sepan. Por mucho que lo intenté, me fue imposible resistir el ceño fruncido con el que Tomás respondió a mi silencio. No tuve más remedio que hacerle partícipe de todo lo que había oído cuando en busca de alguna chuche iba de camino a la cocina.
Apenas terminé de contar lo que había oído, Tomás no se lo pensó e hizo ademán de marcharse. Tuve que agarrarlo por la manga del jersey para evitarlo. ¿de qué argumentos podía valerme para que se quedara? Noté que con una nueva mirada, dirigía sus ojos a las pilas de juguetes que atestaban los armarios. Percibía mi habitación como un extraño. Pese a que era lo último que deseaba, comprendí que lo mejor era que Tomás se marchase. Al menos, le pedí que termináramos de jugar aquella tarde. Nadie sabía de su presencia en mi habitación y aún los labios de los adultos no habían dejado escapar ninguna prohibición. Con las lágrimas bailando en sus pequeños ojos guardó silencio. Lo que interpreté como que accedía a mis ruegos. No importaba lo que se interpusiera entre nosotros, tendríamos los recreos para mantener nuestra amistad. Supongo que fue la manera de prometernos amistad eterna. Aunque callé, cuando pensé que los mismos maestros que habían alertado a mamá, podrían convertirse en sus ojos. Si mi amigo vislumbró en mi mirada esa duda, también la guardo para sí mismo. Quizá porque sería la última tarde que pasaríamos entre aquellas cuatro paredes que habían forjado nuestra amistad, nos divertimos como pocos días. Incluso, alguna vez me pareció escuchar a mamá interesarse por nuestra risa. Sólo su llamada cuando la cena estaba lista, nos devolvió bruscamente a la realidad. No recuerdo con la excusa que entretuve a mis papás en el salón, pero mientras tanto, Tomás se marchaba, sin que nadie llegara a saber que aquella tarde la habíamos pasado juntos. Antes de lavarme las manos para cenar cerré la puerta que Tomás había dejado abierta. Después de cenar, me cepillé los dientes y mamá me llevó a la cama. Aquella noche tampoco podría papá contarme uno de sus cuentos. Mamá me arropó hasta cubrirme la boca con las mantas y se interesó por mis deberes de aquel día. Hablamos un rato, tras el cual se levantó, me besó en la frente como todas las noches y apuntó con su cuerpo hacia la puerta de mi habitación. - Mamá.- La llamé cuando ya había iniciado la marcha. Me era imposible dejar de pensar en Tomás. - Si, hijo.- Giró su cuerpo para dirigirse a mí Por mucho que lo deseaba, no podía desvelar a mis padres el secreto del que ellos habían hablado en mi ausencia. - Buenas noches, mamá. - Que descanses, campeón. Con su mano acarició mi frente, lo poco que la manta dejaba descubierto. Su mano parecía haberse despojado de la suavidad con la que la recordaba. Aquella noche me pilló distraído el sueño mientras trataba de desvelar el misterio que el eco de la palabra Tomás acababa de adoptar.
En clase Tomás se mantuvo más ensimismado que de costumbre. Parecía no llegar a verme cuando la profesora se daba la vuelta para escribir en la pizarra y con mi sonrisa intentaba hacer de sonajero a su alegría. Sonó la campana del recreo y la algarabía de niños que buscaba su bocadillo en el recreo hizo que perdiera la pista de mi amigo. Durante un rato traté de encontrarlo. Sin embargo, pronto perdí las ganas de dar con él y, sin sentimiento alguno de culpa, acabé jugando al fútbol con compañeros de clase. Me sentía enfadado. No entendía su actitud melancólica en clase, ni que hubiese hecho por perderse durante el recreo. Por ello, tomé la decisión de no preguntar al resto de los compañeros si sabían algo de Tomás. Acabado el rato del recreo, volvimos a clase. Allí estaba Tomás, aunque en todo momento ambos evitamos que nuestras miradas se cruzaran. Por suerte, no tardó en volver a sonar la campana, en esta ocasión para indicar que las clases llegaban a término. No nos pilló por sorpresa. Minutos antes, todos los alumnos esperábamos con los bártulos recogidos, los cuadernos en las maletas y el chaquetón entre la mesa y los muslos. Estaba en juego nada menos que llegar el primero a la meta que eran las madres, las tatas o los abuelos que esperaban tras la verja del colegio para llevarnos a casa. Como un día más, se repetía el ritual en el momento en el que sonaba la campana. El trajín de las sillas que se arrastraban, los gritos de los niños que ahogaban la voz de la misma maestra; quien hacía tiempo se había abandonado en su lucha por que la dejáramos terminar antes de emprender la huida de clase.
Preocupado por ser el primero en llegar, no giré la cabeza atrás hasta que llegué a donde mamá me esperaba. Sólo cuando me dio un beso casi sin prestarme atención y me di cuenta de que con una mirada extraña buscaba a alguien entre la marabunta que emanaba de las puerta del colegio, no reconocí el sentimiento de culpa que me inundaba. Había hecho la carrera sin contar con mi amigo Tomás. Desde que recordaba, cada día habíamos repetido la carrera sólo para batirnos el uno al otro. Mientras mamá, quien parecía no haber encontrado lo que buscaba, me llevaba de la mano hacia casa, traté de encontrar entre el gentío a Tomás. Una vez terminé de comer, hice mis deberes y empecé a jugar solo en mi habitación, sintiéndome despojado de algo. Incluso cuando mamá subió con un vaso de leche y unas galletas, algo extraño notó en mí. Con cariño, se ofreció a hacer la merienda a algún amigo que quisiera invitar esa tarde. Pensé en Tomás, pero recordé que ambos habíamos convenido que lo mejor era que no volviese a invadir el universo de mi habitación. Tuve por tanto que responder con tristeza que no quería invitar a nadie.
Al día siguiente, acudí al colegio con la firme intención de hacer las paces con Tomás. Desconocía lo que le había ocurrido, pero sobre todo necesitaba de su compañía. El tiempo se detuvo en el instante en que la profesora inició la clase a los alumnos que ocupaban su banca. Tomás aún no había aparecido. No me hacía falta más. Sabía que no volvería a verlo durante aquel día, ni en los que vendrían. Poco a poco comencé a notar una apatía que protocolariamente fue alertada a mamá por los maestros. Preocupada me llevó al médico, quien no supo diagnosticar lo que me ocurría. Sin que conociese la razón, en mí surgió una actitud rebelde que ni yo mismo podía controlar. Crucé reproches con mis padres. La noche me alcanzó llorando en mi habitación con la luz apagada. Pocos días después de desaparecer Tomás, me encontré, casi sin darme cuenta, con las vacaciones de Semana Santa. A pesar de la situación en la que me encontraba, había logrado unas notas excelentes. Por ello, papá no dudó en comprarme todo lo que le pedí, aunque poco tuviesen que ver con lo que realmente quería. De vacaciones nos marchamos a un hotel bonito alejado del mundanal ruido. Eso dijo papá. Para mí no fue más que la constatación de la soledad de la que me sentía preso. Porque al hotel marchamos los tres solos. Papá y mamá se convertían en desconocidos cuando se encontraban ajenos a la rutina del trabajo y las obligaciones, de las facturas, de la casa, del colegio. Ahora que podían hablar con cierta tranquilidad parecían quedarse sin temas a los recurrir. Mamá pasaba el tiempo silenciosa en el borde de la piscina a la caza de algún rayo de sol. A veces escuchaba su llanto entre los ecos de las paredes frías del cuarto de baño. Igualmente, papá andaba atrapado entre las hojas del periódico, colgado del teléfono móvil o de su ordenador portátil, impermeable a cuanto hacía para reclamar su atención. Pese a que mataba las horas de exploración por los rincones del hotel, sólo conseguí acercarme a niños más pequeños entre los que me sentía ajeno. En cambio, otros más mayores huían de mi presencia. Por ello, recurría más de lo habitual al ensimismamiento del que no descansaba ni siquiera mientras dormía. Por aquella época caía constantemente en el pozo de sueños en los que Tomás hacía acto de presencia. Sólo sabía que despertaba porque tras ellos resultaba solo en la cama, cubierto de sudor y con la sensación de que había estado de una forma más fidedigna que la real junto a mi mejor amigo. Porque en los sueños se repetía constantemente la sensación de realidad que fuera de ellos nunca he llegado a plantearme, al darla por hecha. Hubo momentos en los que dudé si hablarle a mamá de Tomás, de la necesidad que tenía de él. Nunca encontraba el momento oportuno de vencer el miedo que me producía el secreto que conocía.
Sabía lo que a su vez conllevaba. Aún así, esperaba con ansiedad el regreso de las clases. Una parte de mí me arrastraba incontrolablemente al reflejo de Tomás. Quería pensar que había estado unos días enfermo y que durante las vacaciones ya se habría recuperado. No obstante, una voz interior nunca se aburría de repetir que mis deseos no se verían cumplidos. Así fue. El inicio de las clases regresó contagiado por el vacío de los días con los que terminaron. Mamá, que no se acostumbraba al nuevo carácter al que me veía abocado, no cejaba en su interés acerca de mí; aunque en esta ocasión evitó el contraataque de mi rebeldía. Conforme transcurría el tiempo se me volvía más complicado deshacerme de las redes que me arrastraban hacia mi propio interior. El tiempo posterior a aquellos días lo recuerdo como una conglomeración de días idénticos los unos a los otros. Sin que me diera cuenta, poco a poco la ausencia de Tomás fue haciéndose más y más presente. Aunque materialmente no compartiese con él mi tiempo, pensaba que seguía junto a mí. Incluso, recuerdo haber guardado galletas en mis bolsillos, imaginarme el trazo de su sonrisa con la que habría correspondido a mis buenas notas, o contar con él para los nuevos juegos con los que papá regresaba de sus cada vez más frecuentes viajes. Aunque no estaba cerca, Tomás continuaba siendo partícipe de mi vida.
Sin nada mejor que hacer, me entretenía con mis deberes del cole. De repente, me asaltaron unos golpes que llamaban a la puerta. Mi pecho se desarboló y en los pocos segundos en que tardó en abrirse la puerta, mi imaginación dibujó el final feliz tal como habría deseado. Sin embargo, era mamá quien venía a buscarme a mi habitación. Ella y papá querían conversar conmigo. Bajé inmediatamente. Ambos esperaban sentados en el salón. La tele apagada. Papá envolvía el ambiente con lazos de humo, como en las ocasiones importantes. Fue mamá la que rompió el silencio y la única que llegó a hablar. Dio amplios rodeos, mientras tanto, papá y yo asentíamos en silencio, como si ninguno de los dos estuviese en ese momento en el salón de casa. Todo esa parafernalia sirvió para se me abrieran las puertas de casa y, pese a un toque de queda, permitirme salir a la calle a jugar con mis amigos. Aunque pronto aprendí a aprovechar esa reciente libertad con todas mis energías, en ese momento no supe mostrar entusiasmo alguno. Sin embargo, no tardarían en cambiar la dinámica de mis días. Tan pronto como terminaba de comer iba corriendo a mi habitación. Cuanto antes terminara los deberes, antes podría reunirme con mis nuevos amigos en la calle. Algunas veces, incluso los dejaba a medio terminar. Todo por ese mundo a estrenar que se desplegaba ante mí y que sabía saborear al mantenerme lo suficientemente ajeno a él.
Había quedado con mis amigos y ya iba a llegar tarde. Unas ecuaciones irresolubles tenían la culpa. Mientras desmadejaba operaciones aritméticas unos ruidos me distrajeron. Aún era pronto para que mamá subiera la merienda. Quise continuar con las mates, pero el ruido se volvió a repetir. Cuando miré tras la puerta, encontré a un Tomás con la mirada dubitativa. No hubo preguntas, ni reproches, ni justificaciones. La situación no había sufrido ninguna modificación. Ajenos, reactivamos en secreto nuestra amistad con juegos infinitos en mi habitación. Sentí entonces el renacer de la mejor etapa de nuestras vidas. Tomás había dejado de acudir al colegio, pero un par de veces por semana me visitaba en mi habitación, sin que nadie nunca llegara a enterarse. Aquella fue la primera de una larga lista de decisiones propias que no siempre concordaban con lo que mis padres querían para mí y que no tardaron en convertir, las pocas cenas que hacíamos los tres juntos, en una batalla de recriminaciones en las que matábamos para no morir. Aunque disfrutaba de los ratos con Tomás me sentía liberado de su necesidad. Nunca guardé un segundo de espera. Terminados los deberes corría en busca de mis amigos sin que su ausencia me arrastrara en su espera. Los sabía en uno de los bancos, junto al multicine, citándonos con chicas y repitiendo, sin saber por qué, los patrones de chicos mayores que nosotros. Nunca les hablé de Tomás, como a mi mejor amigo le guardaba silencio de todo lo concerniente a mis nuevos amigos.
La mañana de un día cualquiera desperté un poco antes de lo habitual. La ventana dejaba filtrar el amanecer como un puzzle inconcluso. Siguiendo una estela invisible llegué ante el espejo del cuarto de baño. Encendí las luces y al enfrentarme ante mi imagen, me encontré no como un niño, sino como uno de los mayores a los que desde hacía un tiempo imitaba mecánicamente. Después de aquella mañana, aunque nunca lo olvidé, Tomás, mi amigo invisible, jamás volvió a aparecer.
Marzo de 2009 Pedro Padilla, con Tomás, ha sido el primer finalista del X concurso de relatos Gloria Fuertes.
Publicado por el Ayuntamiento de La Rinconada. 2.009
Felicidades de nuevo, poeta ;)
También en BabiaS dos relatos más suyos: …Días, horas, minutos, segundos… http://desdebabia01.spaces.live.com/blog/cns!7CD277FD1E22DE2D!253.entry El daguerrotipo de las hermanas Gutiérrez Vidal http://desdebabia.spaces.live.com/blog/cns!84C6F33AC3CBDB38!1943.entry
y el poema Calma – desde Palabras que mojan- http://desdebabia.spaces.live.com/blog/cns!84C6F33AC3CBDB38!2776.entry December 21 El brazo derecho de mi padre, cuento de Juan José Millás
Gracias, Pedro José, me gustó mucho ;) Este cuento de Millás está incluido en el libro Los objetos nos llaman, de Seix Barral 2.008. Llegó con los reyes magos a BabiaS, son fogonazos mágicos para este invierno tan <nieblado>. December 13 …Días, horas, minutos, segundos… Relato corto de Pedro José Franco Padilla
…Días, horas, minutos, segundos… Relato corto de Pedro José Franco Padilla premiado y publicado por el ayuntamiento de Coria del Río, la diputación de Sevilla y la casa de la juventud de Coria del Río. 2.008 Gracias por volver a BabiaS, Juan Pedro, estas nubes son tus nubes ;) Un encuentro en el largo y gris 1.944 y sus miserias, con César Sánchez y el cuadernillo sin tapas de su vida: Un gueto, tres amigos, un armario y un pasaporte español o la muerte buscada para huir de los nazis. ... O cuando los relojes se oxidan y los minutos ahogan. El texto del relato completo
…DÍAS, HORAS, MINUTOS, SEGUNDOS…
viviré como uno más entre los girasoles ciegos
Alberto Méndez
Allá por mil novecientos cuarenta y cuatro, por mucho que escudriñáramos, lo único que encontrábamos en nuestros bolsillos era tiempo. Sin posibilidad de trabajar, de emigrar; sin guerra. Llegamos a disponer de tanto tiempo que no sabíamos qué hacer con él. Esperar la muerte por inanición suponía que el tiempo se prolongara hasta la más insoportable crueldad. Muchos tomaron la determinación de derrochar su tiempo en los cafés. Mientras se respetara el tabú de la política –los camisas azules tenían sus propios antros-, y a pesar de que no consumieran, se permitía la presencia de todo tipo de parásitos. Aunque en ocasiones, nos dejáramos ver por los cafés, nosotros solíamos encontrarnos en los bares. Si bien es cierto, que estaban atestados de la peor escoria posible, ebrios a base de engullir los restos de vasos ajenos, estos antros constituían el núcleo del mercado de trabajo negro. Cuando hacía falta mano de obra para cualquier trabajo sucio, era allí donde se desencadenaban los resortes para que el infinito tiempo que no sobraba se acortara por un breve periodo o… para siempre. Fui allí donde conocimos a don César Sánchez.
Derrotados, independientemente del bando que hubiésemos tomado en la contienda civil, la guerra había hecho mella en nuestras vidas; hasta tal magnitud, que, como si de un partido de balompié se tratase, las noches las dejábamos agonizar comentando las filtradas noticias que recibíamos acerca de la Guerra Mundial. Hubiese sido una velada rutinaria, de gritos vacíos de pasión, amenazas e incluso alguna trifulca, de no ser porque, de repente, un parroquiano comenzó a implorarme para que le dejara apurar los últimos restos de mi copa de coñac. No era la primera vez que algo así sucedía. Pero la lastimosa forma con la que suplicaba, la hipnótica mirada que clavaba en las últimas gotas de licor, presas en el interior de un vaso desgarrado y sucio; me hicieron dudar antes de soltar el brazo para deshacerme del sucio borracho. No apuraría lo que me quedaba en la copa. Ya no. Y aunque sabía que para aquellas migajas que iba dejando por el camino de mi vida, siempre habría un infeliz para hacerlas desaparecer, me producía arcadas el ser testigo presencial de tal grado de miseria. Quizá fue por la recóndita piedad, que a veces brota hasta de la tierra más abrupta, pero titubeé y le solicité algo a cambio de ese endeble hálito de vida que contenía la triste copa. Sería la manera de deshacerme del hedor a alcohol del miserable, sin tener que romperle los dientes. Sorprendentemente aceptó el trato y me ofreció a cambio un secreto que celosamente, me confesó, que poseía.
Reconozco que uno de mis defectos ha sido siempre el de esperar encontrar algo donde en apariencia no parece encontrarse nada. Aparté la vista, mientras el coñac corría por su garganta y su pálida lengua se estremecía por las paredes de la copa, nerviosa como un gusano asfixiándose. El cuello del borracho dejaba a la vista las roñas que la miseria perfila en los pliegues del cuerpo. Con elegancia, extrajo de su bolsillo un cuadernillo sin tapas, con las hojas desarboladas y comenzó a leer ensimismado, mientras escudriñaba en los rincones más olvidados de su memoria. Súbito, fijó en mí unos ojos lúcidos, casi sabios, donde no parecía encontrarse resto alguno de alcoholismo.
Mi nombre es César Sánchez. Encarcelado tras la batalla de Madrid, fui condenado en juicio sumarísimo a muerte. Mi delito; vivir en Madrid durante el asedio de las tropas nacionales. He de confesarte que en la cárcel siempre es otoño. Las horas caen infinitamente lentas. Como hojas secas que pugnan por convertirse en hojarasca. Y el color de sus paredes se asemeja al tono de esta vida, crudo, insufriblemente crudo. Sobre todo, amigo, cuando se espera la muerte como se espera a un deudor impecable. Al alba, me despertaron con la dulce brusquedad de un soldado. De inmediato tenía que presentarme en la sala donde me juzgaron. Creí que mi otoño pasaría a convertirse en la nada. Me vi solo, frente al rictus marmóreo que sólo puede dibujar un alto mando. Un alto mando, entre los gritos rutinarios, me interrogó de nuevo. Sólo al final quiso conocer, de primera mano, mi conocimiento del alemán y si, por tanto, quería seguir viviendo. No me dejaron responder. Me sacaron atropelladamente de la sala. Pusieron frente a mí algo, poco, de comer y cuando me recuperé del shock, estaba ejerciendo de intérprete para alemanes, austriacos, húngaros, holandeses,… Todos judíos. Desconozco la razón, pero el gobierno del caudillo estaba emitiendo pasaportes españoles a aquellos judíos que probaran su descendencia sefardí o a, al menos, la aparentaran. Me parece un poco tarde enmendar ahora la sinrazón de mil cuatrocientos noventa y dos. Entraban por la frontera francesa y los escoltábamos hasta Lisboa o hacia algún puerto de Andalucía. Allí embarcaban generalmente con destino Sudamérica. Hace unos meses, con el fallecimiento de don Francisco Gómez-Jordana, Ministro de Asuntos Exteriores del Régimen, la operación se truncó. Como prometieron, me perdonaron la vida. Supongo, que como las prisiones seguían repletas y, quizá, pensando que sería menos peligroso en la calle que en el ambiente subversivo de la cárcel, me dejaron libre.
Una vez has escuchado la parte importante de mi vida, te haré partícipe de mi secreto. Te leeré parte de esta memoria –oprimiendo el compendio de hojas arrugadas- regalo de uno de tantos judíos a los que ayudamos a cruzar la península para poder seguir así viviendo.
[…] De pequeño la muerte me aterraba. Su efímera presencia hacía recorrer en mí una profunda [desconozco la palabra correspondiente en el castellano]. Sabía que irremediablemente acabaría arrastrando a cada uno de los miembros de mi familia. Que todo aquello que me rodeaba se dispersaría con el eterno peregrinaje del tiempo. Pero, que yo, eso que soy o creo ser; llegara a desaparecer, era algo que nunca llegué a asimilar. Quizá no sea capaz de explicarlo con palabras, como somos incapaces de explicar aquello que sentimos en lo más recóndito de nosotros mismos.
[…]Con la atropellada llegada de los soldados alemanes, todo cambió. De la noche a la mañana construyeron una ciudad paralela en el interior de la propia Heerenveen. Allí, reunieron como a un rebaño de ovejas a los judíos, lo fuesen o lo pareciesen, de todos los alrededores. Sólo podíamos llevar con nosotros una maleta, una sola maleta. Los objetos de valor que descubrían eran inmediatamente requisados, la mayoría de ellos parte de nuestra genealogía. Vivíamos hacinados, con la única ocupación a lo largo de los días de sobrevivir. Y para ello, pasábamos horas y horas en las colas de racionamiento de alimentos, para posteriormente acudir en tropel a las subastas de productos de estraperlo. Fue entonces cuando la vida pasó a convertirse en una sucesión de días, horas, minutos, segundos. El venidero tan vacuo de ilusión como el pasado. En los que cada vida no era más que un escollo para sí y para los demás. En los aceras aparecían cadáveres por doquier. El robo, el frío, el hambre, las represalias nazis, el suicidio. La muerte pasó a convertirse en una solución, [esta parte no es legible] un alivio para la inquietud general.
Si por aquel entonces no materialicé la idea del suicidio fue porque no hallé en mí el valor suficiente. Quizá Jacob y Zara también contribuyeran. Vagábamos juntos por las calles en busca de algo que llevarnos a la boca. El método del que nos valíamos para ello pertenece indudablemente al olvido. La culpa es un sabor amargo que sólo alcanza al paladar del sosegado. Algo que queda demasiado ajeno para los que son presa de la desesperación. Entre toda la miseria que nos anegaba, encontré la dosis de belleza necesaria para no perder del todo el juicio en la sonrisa intermitente de Zara. Jacob y yo, compañeros por la situación, rivalizábamos por su sonrisa. Se desplegaba y los segundos que nos martilleaban el alma parecían quedarse en suspenso. Nuestra relación era, sin lugar a dudas, simbiótica. Jacob y yo poníamos en conjunción nuestras fuerzas con el fin de obtener alimento para los tres, donde sólo parecía existir desolación. Y Zara se encargaba dar calor al frío de nuestras almas de forma indistinta, aún cuando la suya no era más que un témpano preso en mitad del más crudo invierno.
Casi sin percibirlo, un rumor se adueñó del gueto como una plaga apocalíptica. Cuando llegamos a acostumbrarnos a la caótica situación en la que malvivíamos, llegaron noticias de que en otras ciudades partían de las estaciones, vagones-establos, repletos de habitantes del gueto. Lanzaban al aire algunos que su destino era el de campos de concentración repartidos en diferentes puntos de Polonia y Alemania. Incluso hay quien llegaba a afirmar que trataban de limpiar los guetos. No quisimos dar veracidad a un rumor, como tampoco creímos aquello que contaban de que los nazis habían creado la industria de la muerte. Tanto tiempo nos sobraba que no era de extrañar que la gente llegara a inventar historias tan necesitadas de imaginación. A pesar de ello, un miedo nuevo, diferente se instauró de alambradas hacia dentro, recrudeciendo el hedor al que nos habíamos habituado. Incluso nosotros, que durante los primeros estertores del rumor habíamos mantenido nuestra rutina, comenzamos a planear, en caso de que éste fuese veraz, la manera de evitar el traslado a un campo de concentración.
La primera solución sería la de ocultarnos. Supimos que en el gueto desesperadamente se vaciaban pianos, armarios, cocinas,… Cualquier lugar en el que pudiese ocultarse una persona era habilitado con alguna cantidad de víveres, con la mísera ropa con la que engañábamos al frío. A causa de inercia, nosotros también comenzamos a trabajar en un armario que ocupaba casi una pared. Con mampostería simulé que el armario se extendía de forma que no dejara hueco alguno entre la pared y el armario. En esos huecos ocultos, comenzamos a almacenar los alimentos que la intensificada búsqueda de los últimos días había producido. Con paneles, recortamos la capacidad del armario, de modo que permitían en su profundidad diversos compartimentos que utilizábamos como escondrijos. Por último, instalamos cierres interiores, de modo que aunque la parte donde nos ocultábamos estaba cerrada, el armario abierto mostraba la ropa deshilachada que guardábamos generalmente allí.
Sobornando a un guardia alemán, Jacob consiguió un, por entonces inapreciable, pasaporte español. A pesar de la orden general de requisición, cualquier hueco del cuerpo, por recóndito que en principio pareciese, nos servía para mantener entre nosotros los objetos de valor. Y bien, una vida, sobre todo la propia, justificaba la salida de la familia de tan preciados objetos. Jacob aprovechó para obtener el pasaporte que su linaje descendía de algún judío hispano, expulsado por los Reyes Católicos, algo que desconocíamos, aún cuando chapurreaba un castellano molestamente rústico. Decidimos, en el caso de que pudiésemos huir, acudir a la embajada española en La Haya, y con el pasaporte de Jacob solicitar asilo para los tres. Eran tiempos de confusión generalizada y, el propio soldado alemán al que sobornamos, nos refirió la paradójica posibilidad de huir, con dicho pasaporte, fuera de Europa a través de España, un país que pese a permanecer neutral en la Guerra Mundial, todos sabíamos que oscilaba peligrosamente hacía la vertiente ideológica del Eje.
[…]Sin darnos cuenta, un frío implacable serenó la lluvia que había limpiado el ambiente denso del gueto y los rumores quedaron en suspenso. En calma nos mantuvimos unos días, hasta que una noche, cuando dormíamos como crías, absorbiendo cada uno el calor de los otros, el rugir de unos motores nos despertó de repente. Eran camiones repletos de soldados nazis. Como si un oráculo hubiésemos consultado, todos conocíamos de antemano el motivo por el que venían. Nos precipitamos atropelladamente a nuestro escondite dentro del armario. Mis manos comenzaron a temblar descontroladamente mientras intentaba cerrar una de las puertas del armario desde su cierre interior. Lo único que conseguía era dar pequeños portazos, con lo que mi nerviosismo acrecentaba con cada segundo que transcurría, con cada golpe de cerrojo; así como el de Jacob y Zara, tanto por mí como por ellos, cada uno ya en su escondrijo oculto. Una fuerza inesperada me empujó bruscamente hacia el interior del armario. Era Jacob, que pegó su cuerpo al mío y logró atrancar el cerrojo. Con lo que, por fin, mientras nosotros nos encontrábamos ocultos, de cara al exterior nuestro armario parecía semiabierto por la falsa profundidad que habíamos creado. La algazara del desalojo fue calmándose con la partida de los camiones. Con ellos, a su vez, se apagaron los llantos, los gritos, las órdenes en alemán, los perros, las metrallas. Fue entonces cuando oí por vez primera el silencio, su insoportable e inquisidor zumbido. Sólo a veces, éste se quebraba por carreras furtivas. Pero en general, el desalojo del gueto, quizá por su previsibilidad, estuvo ajeno a cualquier dramatismo exacerbado. Desconocíamos lo que afuera había quedado. Sólo nos aterraba la posibilidad de que los edificios fuesen demolidos. Pero, sin lugar a dudas, era un riesgo que teníamos afrontar.
Cuando pasaron segundos como agujas, comenzaron a rugir las tripas de Zara. El quebranto de la hojalata de su estómago, mientras se deshacía en el tiempo infinito, parecía el sonido de las alarmas antiaéreas. No tuvo Zara otro remedio que llevarse a la boca algo de los víveres que con tesón habíamos almacenado. El instante que duró el proceso en el que Zara desenvolvía, masticaba y tragaba parecía que nunca iba a finalizar. Mi pecho retumbaba de forma descontrolada y me imaginaba el rostro pálido, enlutado de Jacob cubierto por las tinieblas junto al mío.
No había terminado de comer Zara, cuando de nuevo oímos gritos, que fueron refrendados con disparos. Parecía ser que diversos comandos seguían en el gueto comprobando que nadie hubiese quedado oculto. A veces escuchábamos ráfagas de metralla, otras gritos de los soldados alemanes que acompañaban los ladridos de los perros. Cada vez más, la algarabía de los soldados se aproximaba más y más al piso en el que se encontraba el armario donde nos ocultábamos. Su vocerío desbordado penetró en nuestra habitación, varios perros arañaban con sus garras la puerta del armario, los soldados hablaron entre ellos, golpearon las puertas del armario y puesto que a pesar de la inquietud de los perros, no daban con nuestro escondite, soltaron una ráfaga de metralla a discreción en dirección al armario.
Unos segundos después de que se hubiesen marchado los soldados supe que seguía con vida porque el dolor inundaba mis párpados a causa de apretarlos. Palpé lentamente mi cuerpo y creí desfallecer cuando sentí la humedad corriendo por mis piernas. Sólo, cuando acerté a comprender que el miedo se deslizaba gota a gota por mis muslos rechacé la idea de que pudiera tratarse de ser sangre. Una palmada de Jacob en la nuca me hizo entender que él seguía también con vida. Y sólo cuando Zara respondió al leve toque de nudillos sobre la pared que nos dividía, el alivio llegó a mis pecho..
Los alaridos de los comandos nazis parecían aterrorizar otro módulo en referencia a la lejanía con la que se oían. Lentamente abrimos el pestillo y la escasa luz que irrumpía intermitente de una bombilla del piso, nos deslumbró. Nuestros ojos tardaron minutos en acostumbrarse a esa precaria claridad. Nos sorprendió que Zara no se hubiese reunido con nosotros fuera del escondite. Debajo de su puerta un charco de sangre se nos mostraba como fotogramas a causa de la indecisión de la luz intermitente. Intentamos forzar la puerta sin éxito, hasta que ésta se abrió desde el interior. Una débil Zara aparecía con las manos apretándose una creciente mancha purpúrea sobre el muslo derecho, del cual brotaba una sangre densa y oscura. Jacob fue el primero en reaccionar. Intentó realizarle un torniquete y me ordenó, fuera de sí, que buscara por las proximidades algo de alcohol, cualquiera que fuese, para evitar que la herida llegara a infectase. Ebrio de terror, tiré muebles, cajones,... Todo aquello que se colocaba delante de mí, impidiéndome mi cometido, sin ser consciente del ruido que podría hacer. Lo único que hallé fueron las últimas gotas de aguardiente en una botella de verdoso verde. Tropezando con los cajones que yo mismo había precipitado por el suelo, logré llegar a la habitación donde se encontraba nuestro escondite. Pero no se encontraban allí.. Sólo hallé el pasaporte español con el que pensábamos huir del país. Jacob lo guardaba celosamente. Pensé, por lo tanto, que resultaba imposible que se le hubiese extraviado. El reguero de sangre que había brotado de la habitación llegaba al lugar donde Jacob había traído a Zara para hacerle el torniquete. Sólo veía pisadas en el charco de sangre. La puerta donde se había ocultado Zara permanecía cerrada necesariamente desde su interior. La golpeé con todas mis fuerzas, maldije a Jacob sin éxito y lloré, lloré todo aquello que había sufrido desde que comenzara la ocupación nazi. Si hubiese tenido un arma a mano hubiese disparado sobre la puerta donde tenía que encontrarse Zara, apagándose paulatinamente junto a Jacob. Y luego me hubiese volado, sin duda, la tapa de los sesos. Desgraciadamente no encontré nada con qué matar a Jacob. Cogí el pasaporte con el que el propio Jacob me procuraba la vida, arrebatándome la vida. Cerré los ojos, apreté los dientes y comencé mi huida del gueto, para así materializar el plan de huida que un día imaginamos para los tres. […]
|
|
|